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miércoles, 6 de abril de 2011

DAVID FOSTER WALLACE: THE PALE KING



Aquí dejo traducida (artesanalmente por mi) una reseña publicada el 31 de marzo por el New York Times sobre la nueva novela de David Foster Wallace, The Pale King, a propósito de su inminente publicación:

RENTA MAXIMIZADA, EXISTENCIA MINIMIZADA
Por Michiko Kakutani

La obra magna de David Foster Wallace, La broma infinita, retrataba una América tan distraída y obsesionada con el entretenimiento que una película hechizante se convertía en una potencial arma terrorista, capaz de hacer que sus espectadores murieran de placer.

Su inacabada novela póstuma, “The Pale King”, que se desarrolla en gran parte en una oficina tributaria del Medio oeste, retrata una América tan invadida por el tedio, la monotonía y las regulaciones y reglas burocráticas carentes de sentido que sus ciudadanos están en peligro de morir de aburrimiento.

Por eso, esta densa pero con frecuencia conmovedora novela nueva surge como una especie de complemento de La broma Infinita, ya que demuestra que estar entretenido a morir o aburrido a morir son, en la visión de Wallace, las caras intercambiables de la misma moneda. Quizá, según comenta, “el aburrimiento se asocia al dolor psíquico debido a que algo que es aburrido u opaco falla a la hora de proporcionar estimulación suficiente para distraer a la gente de otro tipo de dolor más profundo que está siempre ahí”, digamos la consciencia existencial, “que somos diminutos y estamos a merced de fuerzas enormes y que el tiempo está siempre pasando y que cada día que perdemos es un día más que nunca volverá”.

La felicidad, sugiere Wallace en una nota Kierkegaardiana al final de su profundamente triste y filosófico libro, es la habilidad de prestar atención, de vivir el momento presente, de encontrar “regocijo segundo a segundo y gratitud ante el don de estar vivos”.

Aunque “The Pale King” fue recompuesta por el editor de Wallace, Michael Pietsch, a partir de páginas y notas que el autor dejó cuando se suicidó en 2008, se percibe menos como un manuscrito incompleto que como un compendio sin pulir de los temas, las preocupaciones y las técnicas narrativas que han caracterizado su obra desde el principio. Después de todo, Wallace siempre desdeñó el oscurantismo, y este libro expone su compromiso con la discontinuidad, su fascinación tanto con las pirotecnias postmodernas metaliterarias como con la narrativa microscópica y al antiguo estilo, y su interés cotidiano en la obsesión americana contemporánea por la autogratificación y el entretenimiento.

“The Pale King” es menos inventiva y exuberantemente imaginativa que las novelas previas de Wallace: no hay rebaños de hamsters salvajes deambulando por los campos, no hay desiertos creados artificialmente en Ohio, ni estatuas de la libertad como soportes publicitarios. Pero al igual que La broma infinita, retrata una América completamente controlada por el consumismo miope, y al igual que su primera novela “The Broom of the System”, lidia con espinosas cuestiones de identidad y las dificultades de comunicación.



Por turnos irresistiblemente brillante y pasmosamente aburrida (divertida, enloquecedora y elegiaca) “The Pale King” será objeto de examen minucioso por los aficionados de toda la vida por la luz reflexiva que arroja sobre la obra de Wallace y sobre su vida. Pero también puede acaparar la atención de los recién llegados, proporcionándoles una ventana (aunque una ventana imperfecta) por la que captar la visión de la condición humana que este escritor de talento inmenso refleja a partir de la vida en el centro del centro de América, hacia el final del siglo 20, de unas abejas obreras empleadas como devoradoras de cifras para el gobierno federal, preocupadas por sí van a ser remplazadas por ordenadores.

Narrada en capítulos fragmentados que arrojan luz estroboscópica al retratar una colección de personajes inadaptados, outsiders y excéntricos, la novela a veces se parece a una serie “The Office” que hubiera sido escrita por el cristal de aumento de Nicholson Baker. A veces parece una variación alucinatoria del “Winesburg Ohio” de Sherwood Anderson, proporcionando al lector un retrato coral de una comunidad del Medio Oeste, aunque en este caso, la comunidad no es un pueblo, sino el Centro Regional de Análisis de la Hacienda Pública en Peoria, Illinois, en 1985.

Hay pocos sobresaltos a lo largo del tiempo real de esta novela; más bien, las muertes y accidentes gráficos relatados en sus páginas son casi siempre parte de las historias de fondo de sus personajes. De hecho, “The Pale King”, es en cierta forma una oda al estatismo y la  perseverancia, a la capacidad humana para soportar todos los dardos y flechas de la monotonía y la desgracia diaria.

Entre esos personajes se halla una versión ficticia del propio autor (él declara que esta novela es en realidad unas memorias) que afirma que se cogió un año libre de la universidad para trabajar en la Hacienda Pública, “como un exilio de todo aquello que me había importado o que remotamente me había interesado alguna vez” y que es confundido allí por un empleado de alto rango también llamado David Wallace.

Este narrador que también se llama David Wallace dice que “soñaba con hacerme artista, es decir, alguien cuyo trabajo como adulto fuera original y creativo en lugar de tedioso o alienante”, y por momentos este narrador pareciera una versión factible del autor real que no se hubiera convertido en escritor (muy en la línea en que Harry Rabbit Angstrom se parece a una versión factible de John Updike).

El resto de personajes incluyen un desgraciado llamado Sylvanshine, que se considera a sí mismo como un tipo vacilante y aburrido, el compañero Cusk, que se avergüenza de su tremenda forma de sudar, el ejecutivo Stecyk, que fue un insufrible niño bueno, una bella mujer llamada Meredith, que pasó una temporada en el manicomio, y un hombre joven llamado Lane A. Dean Jr. que se casó con su  novia embarazada aunque no la quería y ahora necesita proteger a su nueva familia.

Wallace se centra en la forma en que varios personajes llegaron a trabajar para Hacienda, que combinación de tics psicológicos, traumas infantiles, circunstancias económicas y azar les hizo caerse en el bebedero de patos y darle vueltas a la rueda de hamster que es la vida de los contables allí, moviendo papeles y números en una oficina mortalmente vulgar plagada de luces fluorescentes, estanterías modulares y  el implacable “susurro de la ventilación de fuente desconocida”.

Aunque al menos uno de los personajes alega que ser un contable es heroico (proporcionar orden en un mundo caótico, acotar y organizar un flujo torrencial de información), Lane Dean, por ejemplo, siente que el trabajo es “aburrido más allá de cualquier aburrimiento conocido por él”, y empieza a tener pensamientos suicidas.

“Se sentía justificado para afirmar que ahora sabía que el infierno no tenía nada que ver con fuegos o ejércitos helados. Enciérrese a un sujeto en una habitación sin ventanas para desempeñar tareas rutinarias lo suficientemente enrevesadas como para que tenga que pensar, pero aún así rutinarias,  tareas que incluyan cálculos que no tengan relación con nada que el sujeto haya visto nunca o pueda importarle, una pila de trabajo que nunca disminuya, y cuélguese un reloj a la pared donde pueda verlo, y déjese simplemente al hombre allí con sus propias invenciones mentales”.

No es sorprendente que una novela sobre el aburrimiento sea, con cierta frecuencia, aburrida. Es imposible saber si Wallace, con el libro acabado, hubiera decidido prescindir de esos pasajes, o si quería verdaderamente probar la tolerancia del lector para con el tedio (hacernos compartir la miseria de sus oficinistas, que nos traen a la memoria el héroe infeliz de “Something Happened” de Joseph Heller, o a alguno de los personajes exhaustos de Beckett, estancados en un limbo de espera y rutina eternas.

Hay una guerra de trincheras en la novela entre los empleados de  Hacienda de la vieja escuela, “observadores de la rectitud”, contra los nuevos con el deseo corporativo de “maximizar los ingresos”. Nosotros tenemos que abrirnos camino entre soporíferas conversaciones técnicas sobre “las diferencias entre las deducciones por propiedades en alquiler según las reglas 162 y 212(2)”, y marcadores de baseball cuantificadores de las batallas internas entre la jerarquía de la oficina de Hacienda. Incluso hay un capítulo que consiste en poco más que en una serie de trabajadores de la oficina pasando página tras página tras página.

Pero al mismo tiempo incluye algunas partes maravillosamente evocadoras que capturan las agotadoras inconveniencias de la vida diaria con precisión digital. La sensación pegajosa y nauseabunda de viajar sobre un planeta pequeño, abarrotado y alienante, embutidos con “hombres panzudos y  coloradotes, con trajes marrones de forro doble y trajes oscuros con maletines encargados en catálogos por correo”. O la sensación sofocante de estar atascado en un autobús decrépito, con ceniceros rebosantes de chicles y colillas, y el aire acondicionado “más bien un intento vago de acercarse a la idea abstracta del aire acondicionado“ que a la idea real.



En esta su obra más inmediatamente emocional, Wallace conversa en términos íntimos con las dificultades del transcurso de la vida diaria, y desvela estados mentales con la misma magia que aplica a la descripción pictórica. Transmite la cruda experiencia de tristeza profunda cuando el “viento de la desesperación” azota la vida de la gente, y el pánico de ser un pez “atrapado en las redes” de sus propias obligaciones, atascado en un trabajo miserable y necesitar “alcanzar la cuota mínima de ingresos mensuales”.

Por el camino, nos sirve escenas escalofriantes, de Gran Guiñol, incluyendo un horrible accidente de metro y otro grotesco relacionado con el arte industrial. Y nos hace percibir, con su magnífico poder de prestidigitación, la mismísima tierra de la América profunda que se sitúa en algún lugar entre la abuela Moses y Terciopelo Azul: los “campos de algodón” y “el río marrón como el tabaco bordeado por sauces llorones y monedas de luz solar”,  una “flecha de estorninos disparada desde una cubierta para el viento”, un “girasol, otros cuatro,  uno curvado, y caballos en la distancia rígidos y parados como juguetes. Todos cabeceando”

Esta novela nos recuerda el excepcional observador que era Wallace, un “perceptor” de primera clase, por usar un término de Saul Bellow, de la inmensidad del mundo a su alrededor, cronista de la información desbordante y las demandas que nos inundan, segundo a segundo,  minuto a minuto, y  del paisaje proteico y abarrotado en el que vivimos.

Era intentando captar esa realidad frenética y caótica (y los pensamientos llenos de matices, conflictivos y siempre cambiantes de sus personajes) cuando la prosa sinestésica de Wallace se desarrollaba tan prolijamente, sus frases se van desenredando en complicadas madejas de palabras, repletas de expresiones adjetivadas y exuberantes notas al pie. Y esta es la razón por la que sus novelas, relatos y artículos desafían lo trillado y crecen, crecen y crecen, como ramas de arbusto, con digresiones y apartes, porque en casi todo lo que Wallace dejo escrito, incluyendo  “The Pale King”, su objetivo fue usar las palabras para cazar y, en cierto sentido, domesticar la problemática asombrosa, multifacética y cacofónica que es la vida moderna americana.







jueves, 17 de febrero de 2011

THE GOOD OLD NEON: DAVID FOSTER WALLACE EN MINIATURA



Rodrigo Fresán, el escritor argentino, escribió al poco tiempo de ocurrir la trágica muerte de David Foster Wallace que The Good Old Neon (El neón de siempre, relato incluido en el libro Extinción, publicado en España en 2005 con la impecable traducción de siempre de Javier Calvo) equivalía a la carta que DFW “no dejó” antes de suicidarse en 2008. Sin embargo, y aunque el motor del relato sea el suicidio (el protagonista nos anuncia tras unos poco párrafos que está muerto), éste o directamente la muerte no es, en realidad, el tema central de este impresionante relato (uno de los mejores de un libro que ya contiene varias cumbres de la obra de DFW), extraordinariamente denso y complejo como para no incluir multiples aspectos o poder ser asimilado, unicamente, a una reflexión sobre el significado de la muerte, sino que, más bien, nos encontramos, como telón de fondo, ante uno de las constantes en la obra de este singular escritor: la imposibilidad/posibilidad de la comunicación humana, la dificultad real de poner en conocimiento de los demás lo que pasa por nuestra cabeza en cada instante de tiempo (un tiempo que no es el del transcurso lineal que nos va marcando el reloj, sino que se compone de instantes infinitos engarzados entre sí como las letras cursivas de neón que se ponen en los escaparates, imagen metafórica que da título al relato), al carecer de un instrumento adecuado para ello, porque el lenguaje no es más que un rudimento (recordemos la estrecha relación que Wallace tuvo con la filosofía del lenguaje, tanto a través de su progenitor, él mismo discípulo de Wittgestein, como a través de sus propia formación universitaria).

El narrador y protagonista de The Good Old Neon es un individuo radicalmente dividido en dos partes, una interior y otra exterior contrarias entre sí, división según la cual, a un lado el resto del mundo le contempla como un triunfador en todos los aspectos posibles de la vida moderna, mientras que, al otro, su propia conciencia le grita continuamente, que nada, absolutamente nada de lo que hace es genuinamente auténtico sino que está diseñado para dar, precisamente, esa imagen de triunfador ante los demás, y que, por lo tanto, no es más que un individuo “fraudulento”. Un buen día, y gracias a las clases de lógica matemática que recibe en la Universidad (las cuales le permiten analizarse a sí mismo aplicando esa ciencia), este hombre se da cuenta de su condición de fraude y de la paradoja que esa condición conlleva:

“La paradoja de la fraudulencia consistía en que cuanto más tiempo y esfuerzo invertías en resultar impresionante y atractivo a los demás, menos impresionante o atractivo de sentías por dentro: eras un fraude. Y cuanto más fraude te sentías, más te esforzabas en transmitir una imagen impresionante o agradable de ti mismo para que los demás no descubrieran a la persona vacía y fraudulenta que realmente eras”

Paradoja que encierra otra paradoja más dañina, ya que el protagonista, a pesar de caer en la cuenta de que es un fraude y que, por lo tanto, lo sensato sería abandonar esta actitud para ser él mismo por fin, no es capaz de hacerlo. A partir de aquí la narración de DFW nos conduce con su lenguaje abrumadoramente exacto y exhaustivo (pero en todo momento al servicio de lo narrado, de tal forma, que uno tiene la sensación de que no sobra ni una sola palabra y que, a su lado, la prosa de otros escritores comparables con él por ser de su misma generación y circunstancias es como de segunda división) a lo largo de los intentos del hombre fraudulento por salir de la prisión que constituye su propia personalidad, fundamentalmente a través del psicoanálisis (que sirve para que realmente sondeemos la profundidad del poder de manipulación que sobre otras personas puede llegar a ejercer el ser humano), pero también utilizando otros medios estrambóticos (como, entre otros, unirse a una iglesia carismática, hacer jogging, la quiropraxia sacro-cervical o un curso de dibujo con el hemisferio derecho del cerebro) narrados en forma de episodios hilarantes (con los cuales Wallace demuestra su genuina capacidad para el humor absurdo) y que sirven para que reconozcamos en esta persona falsa, vacía y calculadora rasgos que pueden resultarnos perfectamente familiares por ser fácilmente atribuibles a gente conocida o, incluso, (y esto es lo más inquietante siempre en Wallace, quien, como todos los grandes escritores, demuestra, a lo largo de su obra, un conocimiento profundo y desarmante del ser humano) a nosotros mismos en mayor o menor medida.

La originalidad de la parte final, inusitadamente creativa en la forma (en la que, el uso que hace DFW de un recurso metaliterario deslumbrante, nos hace darnos cuenta de la verdad genuina del elogio de contraportada proveniente de una crítica en The New York Times, según el cual, este escritor es aparentemente capaz de hacerlo todo) e hipnótica en el fondo, es el remate perfecto para un relato perfecto, en el que se concentran (como en los detalles en miniatura reflejados en los espejos de los pintores flamencos del gótico que son en si mismos otro cuadro), todos y cada uno de los ingredientes que hacen de David Foster Wallace un escritor imprescindible para el que quiera adentrarse en el mundo de la literatura viva (es decir, con futuro, no sólo con pasado) de su época.

jueves, 20 de enero de 2011

LITERATURA ACTUAL: UN NUEVO COMPROMISO



Con el tiempo uno se va dando cuenta de que toda obra literaria (quizá toda obra artística en realidad) se enfrenta, primariamente, a una disyuntiva básica a la que tiene que dar respuesta. Es una disyuntiva que se ha presentado claramente a lo largo de la historia de la literatura y sobre la que podemos afirmar que hay momentos (generaciones, países, estilos)  en los que se le ha dado una respuesta y otros en que esa respuesta ha variado incluso radicalmente. Me refiero a algo que se puede plantear, siempre, como la elección entre dos posibilidades: ¿describir el mundo o tratar de explicarlo y así quizá mejorarlo? ¿Servirme de él o servirle a él?. Es algo más sutil y abarca una mayor esfera artística que la finalidad explícita de la llamada literatura social o de denuncia.

Y todo escritor, incluso los etiquetados de posmodernos que aparentemente estarían por encima de este tipo de cosas (o incluso que deberían rehuirlas, por formar parte precisamente de aquello que pretenden superar), tiene que resolver este aparente conflicto antes de ponerse a trabajar, aunque sea de forma inconsciente (de hecho, así sería en la mayoría de las ocasiones). Fijémonos en estas afirmaciones de David Foster Wallace en una entrevista con Larry Mc Caffery (un crítico literario y profesor de la Universidad de San Diego) de 1993, para la Review of Contemporary Fiction, en la que Bret Easton Ellis y su famosa novela American Psycho no quedan precisamente muy bien. Juzguen ustedes mismos:


Larry Mc Caffery: Pero al menos en el caso de American Psycho a mí me parece que había algo más que sólo este deseo de infligir dolor, o que Ellis está siendo cruel en el sentido en el que usted afirma que los artistas serios necesitan estar deseosos de serlo.

David Foster Wallace: Ahora está usted explayándose en la clase de cinismo que lleva a los lectores a ser manipulados por la mala literatura. Creo que es una forma de oscuro cinismo en el mundo actual sobre el que Ellis y otros dependen para su lectura. Mire, si la condición contemporánea es desesperanzadoramente mediocre, insípida, materialista, emocionalmente retrasada, sadomasoquista y estúpida, entonces, yo (o cualquier escritor) puedo dar gato por liebre poniendo juntas de cualquier manera historias con personajes que son estúpidos, sosos, emocionalmente retrasados, lo que es fácil, porque esta clase de personajes no requiere desarrollo. Con descripciones que son simplemente listas de nombres comerciales de consumo. Donde gente estúpida se dicen banalidades unos a otros. Es lo que siempre ha caracterizado a la mala literatura de personajes planos, un mundo narrativo dominado por el lugar común y que no se reconoce como humano, etc. Es también una descripción del mundo actual, luego la mala literatura se convierte en una mímesis ingeniosa de un mal mundo. Si los lectores simplemente creen que el mundo es estúpido y mortecino y egoísta, entonces Ellis puede escribir una estúpida novela mortecina y egoísta que se convierte en un cáustico comentario vacuo de la maldad de todo. Hombre, mire, probablemente la mayoría de nosotros estaríamos de acuerdo en que estos son tiempos oscuros, y estúpidos, pero ¿necesitamos ficción que no haga más que dramatizar acerca de lo oscuro y estúpido que es todo? En tiempos de oscuridad, la definición del buen arte parecería ser aquél que localiza y aplica la respiración artificial a aquellos elementos de lo humano y lo mágico que aún viven y se iluminan a pesar de estos tiempos oscuros. La buena ficción verdadera podría ver el mundo tan oscuro como quisiera, pero encontraría un camino para a la vez retratar el mundo e iluminar las posibilidades de estar vivo y ser humano en él. Usted puede defender “Psycho” como una especie de digestión representativa de los problemas sociales de finales de los 80, pero no es más que eso.

Quizá American Psycho sea un caso muy extremo, y quizá Wallace no trague o no quiera tragar con la idea de que esa novela constituya, precisamente, un retrato tan despiadadamente desolador de la sociedad de su tiempo que, aunque se limite, efectivamente, a describir, consigue, en última instancia, algún tipo de efecto “activo” en sus lectores, consigue que sus lectores se cabreen con esa sociedad o se avergüencen de ella, pero estamos ante un caso de la disyuntiva a la que me refería al principio. Y la elección para DFW es clara: la buena ficción retrata al mundo y a la vez lo ilumina, resaltando aquello que todavía nos define como humanos en un mundo deshumanizado.

Pero veamos también lo que opina sobre este asunto el escritor Rick Moody (autor entre otras novelas de La tormenta de hielo (1994), también extraídas de una entrevista (Bill Goldstein del New York Times, 2001):

“Gran parte de la narrativa americana actual, creo yo, intenta posicionarse en que es posible escribir desde el humanismo y no ser político. Y mi posición sería que todo lo que hacemos es político, se quiera o no. Así que es mejor que en tu literatura se refleje la consciencia de que esa es una de las particularidades de nuestro trabajo, que nunca escribiremos sin articular alguna clase de política, lo hagamos o no de una forma que diga, no sé, “soy un demócrata moderado” o “soy del partido verde”. Cada relato, tanto si es una novela de Anne Tyler o una novela de David Foster Wallace está articulando una política”.

Esto sería otra vuelta de tuerca, según la cual, ya no es que, por ejemplo, David Foster Wallace se nos haya convertido en un escritor “humanista”, es que es un escritor político. Y, sin duda, lo que me parece más interesante de todo esto, es que, en un mundo como este (deshumanizado, despolitizado, cínico, materialista, salvajemente capitalista, y pongan ustedes los etc. que quieran), la literatura que triunfa, la corriente que predomina (no sólo en EE.UU. sino también en el resto del mundo occidental), sea aquella que decide mejorar y servir al mundo. Los buenos escritores, siguen, en consecuencia, donde han estado siempre: a la contra. Que así sea.

viernes, 31 de diciembre de 2010

LOS ESCRITORES SEGÚN DAVID FOSTER WALLACE



“En la mayoría de los escritores que conozco, hay un ensimismamiento, no en términos de estar atusándose frente al espejo, sino una tendencia no sólo a la introspección sino a una autoconciencia terrible”
“Pienso que la gente congénitamente atraída por esta clase de profesión son sabios para unas cosas y una especie de retrasados para otras. Vayan a una conferencia de escritores alguna vez y lo verán. La gente va para conocer a quienes sobre el papel son espléndidos, pero resultan ser absolutos cretinos en persona. No tienen idea de lo que decir o de lo que hacer. Todo lo que dicen está editado y recortado por una especie de editor dentro de ellos. Así ha sido según mi experiencia.”
“No es accidental cuando uno ve a los escritores convertirse en gente obsesionada con la cuestión de la fama o caer en las drogas o el alcohol, o tener matrimonios terribles. O simplemente desaparecen de la escena por completo a los treinta o cuarenta.”
Estas son las respuestas que, a las preguntas acerca de cómo son los escritores, realizadas por dos jóvenes estudiantes de arte norteamericanos para la revista de su universidad, David Foster Wallace (uno de los mejores escritores que he leído nunca, autor de, probablemente, varios de los mejores relatos cortos que se han publicado en EE.UU. en los últimos años, muerto en trágicas circunstancias en 2008, y del que, tras leerle y traducirle, he cogido esta, quizá molesta, costumbre de hacer comentarios interminables y metalingüísticos entre paréntesis, y que sólo el formato limitado de estos post me impide llevar al extremo de introducir también notas a pie de página con vida propia) daba en el año 1993 durante una entrevista que tuvo lugar tras la publicación de su primera novela “The Broom of the System” y su colección de relatos cortos “La niña del pelo raro”.

Pero lo que me interesa hoy (tengo, por supuesto la intención de hablar de las obras de DFW en lo sucesivo), no es tanto su producción (cuya lectura recomiendo, teniendo en cuenta además, que, si bien, no tenemos la suerte de tener publicados en España todos sus libros, aquellos que sí están disponibles cuentan con una traducción extraordinaria, obra de Javier Calvo) como sus opiniones sobre el oficio de escribir. Cualquiera puede darse cuenta de la verdad que hay en las contestaciones de Wallace que he reproducido más arriba, ya que todos conocemos ejemplos de escritores que responden a todos o a casi todos esos parámetros. Y es que un escritor (uno de verdad) sólo puede ser un alma más o menos atormentada, alguien cuya mejor forma de comunicarse con el mundo es extraña y antinatural. Así, para Wallace:

“Siempre intentas comunicarte de una manera única, y por eso se hace tan difícil, al menos para mí, comunicarse de una forma que yo vea ordinaria”
Esto es algo así como la maldición del talento, puede interpretarse como una especie de posesión infernal que hace que a este tipo de personas les aburra mortalmente el tipo de conversación ordinaria por la que todos nosotros tenemos que pasar varias veces a lo largo del día, por ejemplo, y que les hace parecer, a los ojos de los demás, como tristes, tontos, aburridos o incluso incapacitados mentales. Pero puesto que el mundo en el que vivimos es como es y no existen alternativas razonables, la gente con talento tiene que hacer un esfuerzo sobrehumano, exorcizar ese demonio y bajar al mundo:

“Pero esa clase de sensibilidad hace muy difícil estar con la gente y no imaginarse flotando pegado al techo contemplando lo que está ocurriendo. Una de las cosas que ustedes dos descubrirán, en los años posteriores a dejar los estudios, es que realmente manejarse siendo un ser humano vivo y a la vez hacer un buen trabajo y ser tan obsesivo como se deba ser, es verdaderamente complejo”
¿Existen artistas con un talento tan enorme que les ha permitido superar esta visión del mundo y conseguir ser no sólo excelentes escritores sino también magníficos seres humanos? Por supuesto, sin ir más lejos, el propio DFW, de acuerdo con lo que se refleja en las opiniones de sus amigos y conocidos, puestas de manifiesto sobre todo tras su fallecimiento, así como en algún libro de entrevistas (ese especie de viaje de colegas que es el libro de David Lipsky “Although Of Course You End Up Becoming Yourself: A Road Trip with David Foster Wallace”) y, simplemente, en la visión del ser humano casi conmovedora (y que revela un conocimiento tan profundo de la gente, que uno, aunque sólo esté leyendo, se siente casi desnudo) que se desprende de sus extraordinarios reportajes para revistas sobre acontecimientos de la vida en Norteamérica (un grupo de viajeros en un crucero de lujo, una feria en el Medio Oeste, el Open USA de tenis, etc.).

Por lo tanto, la moraleja de todo esto sería “si tienes talento úsalo, pero úsalo primero para aprender a vivir”, o algo por el estilo, porque, no hay nada en el mundo, ni siquiera la habilidad literaria, por lo que merezca la pena acabar siendo un ser humano disfuncional.

FELIZ AÑO 2011