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jueves, 8 de marzo de 2012

LA TABLA RASA: LA INTELIGENCIA INNATA DE STEVEN PINKER





El día 17 de octubre de 1969, a las 8 de la mañana, la policía de la pacífica ciudad de Montreal, una de las ciudades más importantes de la idílica Canadá, y lugar de residencia de la familia Pinker, comenzó una huelga. Contra la opinión de sus padres, que le prohibieron salir de casa, el, por aquel entonces, joven Steven pensaba que nada especial ocurriría, de acuerdo con lo que le dictaban sus románticas ideas anarquistas. Sin embargo, aquel día se desató el infierno en Montreal, cometiéndose varios asesinatos, robos, venganzas, innumerables saqueos y actos vandálicos de todo tipo, hasta tal punto que las autoridades de la pacífica Montreal tuvieron que acudir al ejército y a la policía estatal para restaurar el orden. La impresión que estos hechos causaron en Steven Pinker provocó que la causa anarquista perdiera un militante, pero, afortunadamente, la causa de la ciencia contemporánea ganó uno de los más importantes estudiosos de la naturaleza humana y uno de los mejores divulgadores científicos de todos los tiempos.

En su libro “La Tabla Rasa” (The Blank Slate, 2002), que a pesar de adentrarse profundamente por los, en principio, complicados caminos de la ciencia cognitiva, la genética y la sociobiología, resulta ser un prodigio de sencillez, claridad y orden (dando la sensación de que el autor es perfectamente consciente de cómo tiene que explicar ideas complejas y revelándonos así que lo abstruso no está en el lenguaje, sino en nuestra torpeza comunicativa), Pinker ataca por todos los frentes los conceptos que, acerca de la naturaleza del comportamiento humano, han dominado a lo largo de la segunda mitad del siglo XX en el campo de la psicología, fundamentalmente, pero también la sociología y la antropología (y en general en todas las ciencias que buscan las respuestas a las preguntas de qué somos y de cómo somos). Estas ideas, que pretendieron haber dado fin al debate de qué porcentaje de las capacidades de la mente humana son innatas y cuánto es adquirido a través de la experiencia, considerando correcto afirmar que el cerebro es, básicamente, un órgano que nace vacío de contenido, procedían, en realidad, del desconocimiento comprensible primero, y la negativa irracional después, de una serie de verdades científicas que se han consolidado en los últimos años. Pinker pone en valor estos descubrimientos (que empiezan con la evidencia aportada por Chomsky de la existencia de una gramática generativa innata, pasan por las realidades de la biología evolutiva de autores de la importancia de Dawkins y desembocan en las ideas sobre la estructura computacional de la mente que el propio Pinker ha ido construyendo en el prestigioso MIT norteamericano) y va descartando poco a poco, con una desarmante facilidad, esas ideas equivocadas que él resume en tres conceptos seminales: “la tabla rasa” o la creencia de que todos nacemos con las mismas capacidades y la negación de que el comportamiento de las personas pueda tener relación directa o indirecta con los genes heredados, “el buen salvaje”, aquella idea de Rousseau que ha pervivido tanto tiempo contra toda evidencia, según la cual lo que explica la violencia del hombre no es nada de lo que está en su naturaleza (sino en la civilización) y “el espíritu dentro de la máquina”, o la creencia en una entidad sobrenatural (o algún tipo de sujeto colectivo) que gobierna nuestros actos desde dentro de nuestra propia cabeza (qué espanto es esto cuando uno lo piensa despacio).





Porque si al estudiar gemelos idénticos (esa versión natural de los clones humanos) que han sido separados al nacer, y que, por tanto, tienen experiencias vitales completamente diferentes, descubrimos que su comportamiento, sus gustos y sus manías son idénticas (desde sus preferencias políticas hasta sus elecciones vitales o desde sus preferencias gastronómicas hasta su forma de rascarse la nariz), ¿qué aporta en realidad la experiencia frente a la genética?. O si cuando los antropólogos sin ideas preconcebidas se acercan a investigar el comportamiento de tribus aisladas, se encuentran con una orgía de sangre y fuego, ¿cuál es en realidad el poder corruptor de la civilización sobre la naturaleza supuestamente antiviolenta de los humanos?. O si es posible explicar, no sólo el procesamiento de la información recogida por los sentidos, sino el uso en forma de pensamiento o acción que el cerebro da a esa información con sólo esquematizar estos procesos a través de la misma ingeniería de sistemas que aplicamos a nuestro mundo digital ¿por qué vamos a creer que el cerebro es algo diferente a lo qué físicamente aparenta ser?.

Sin embargo, existe, todavía hoy, mucha resistencia a aceptar estas ideas, y hay científicos que no sólo las rechazan sino que las combaten vehementemente. El problema es que, en el fondo, nos encontramos ante un debate político. La evidencia de que no somos iguales al nacer porque nuestras capacidades están, en parte, determinadas por nuestro código genético particular choca frontalmente con la idea de igualdad (o puede llevar a peligrosas generalizaciones de tipo racista o discriminatorio en general). Pero negar la evidencia lleva a debates falsos. Pinker nos convence de que debemos partir de lo que sabemos sobre nosotros mismos, y a partir de ese conocimiento construir una sociedad justa aplicando los instrumentos con los que nos hemos dotado en las democracias occidentales. Se trata de actuar con inteligencia. Con nuestra inteligencia innata.

domingo, 17 de julio de 2011

EL ESPEJISMO DE DIOS: LA VERDAD REVELADA DE RICHARD DAWKINS



La mayoría de la gente no comprende realmente el mundo que les rodea. Muchos son incapaces de dar respuestas razonables a las típicas preguntas infantiles que les plantean sus hijos, como por ejemplo “¿qué son los animales o las plantas?”, o “¿qué somos nosotros?”, sin ir más lejos. Y digo que son incapaces de dar respuestas razonables, no que no respondan. La respuesta que la mayor parte de la gente tiene en su cabeza para todas estas cuestiones es Dios y su consecuencia, la religión. Pero es que desde que un señor llamado Charles Darwin (junto con algún otro naturalista de la segunda mitad del siglo XIX), desveló un enorme porcentaje del aparente misterio de la vida explicando con su Teoría de la Evolución mediante la Selección Natural cuál es El origen de las especies (obra obligatoria para todo aquel que quiera moverse por su medio con un mínimo conocimiento de cómo es el mundo en el que vive), la ciencia ya ha respondido, hace mucho tiempo, a esas preguntas satisfactoriamente.

Uno de los exponentes más brillantes del desarrollo contemporáneo de la Teoría de la Evolución es el biólogo y etólogo Richard Dawkins, autor de obras capitales como El gen egoísta (1976), que si bien sostiene una hipótesis que no ha sido totalmente aceptada por la comunidad científica (la de que la unidad mínima de selección natural es el gen, el elemento replicador alrededor del cuál se ha desarrollado necesariamente la vida animada tal como la conocemos porque sus características son las apropiadas para que se produzca esa replicación), le convirtió en uno de los especialistas en biología evolutiva más famosos del mundo, y le llevó posteriormente a poner su empeño en la divulgación de la Teoría de la Evolución, pero también, como es el caso que nos ocupa, a combatir incansablemente las pseudo teorías pergeñadas por los representantes de las confesiones evangélicas principalmente norteamericanas que se agrupan bajo el eufemismo de “diseño inteligente”, pero que lo único que intentan es insuflar respiración artificial a las creencias religiosas del origen de la vida basadas en lo que dice la Biblia.

Así, hay gente por ahí, gente poderosa y patrocinada financieramente por fundaciones de oscuros fines, que pretende que los colegios enseñen el llamado “diseño inteligente” (que incluye disparates como que la tierra tiene sólo unos pocos miles de años, pero que sobre todo, choca contra todas y cada una de las evidencias científicas obtenidas desde el famoso viaje de Darwin en el “Beagle”) como si fuera una concepción del origen de la vida al menos igualmente válida que la evolución por selección natural. Y lo consiguen, porque en EE.UU. (y en algunos lugares de Europa, como es el caso de nuestra Comunidad de Madrid donde la irracionalidad va ganando poco a poco su batalla eterna), la separación entre Iglesia y Estado es una ficción formal sin aplicaciones en la práctica. Por eso, científicos de la talla de Dawkins han sentido la necesidad de combatir esta lacra.
 


Pero Dawkins, en El espejismo de Dios (2006), va mucho más allá de rebatir las tonterías del creacionismo. En este libro, Dawkins, que es un ateo militante al frente de varias organizaciones racionalistas en todo el mundo, usa su implacable lógica científica (cuya plasmación en prosa es una verdadera fiesta de inteligencia e ironía) para fundir, uno por uno, los argumentos que soportan, justifican o legitiman el fenómeno religioso y la creencia en un ser sobrenatural todopoderoso como origen de todo lo existente. Para ello, el biólogo inglés, rompe las barreras de todo tipo que la religión ha ido construyendo a su alrededor para evitar el análisis científico de sus postulados (como el inexplicable respeto a la fe que todo el mundo, esté de acuerdo o no con ello, ha de guardar hasta el punto de que la ofensa religiosa está tipificada como delito en la mayoría de los códigos penales de los países desarrollados, no digamos en las teocracias musulmanas, quedando así las ideas religiosas fuera del debate público al que está sometido todo lo demás, o el llamado consenso de los Magisterios no Solapados, MANS, al que se atienen científicos como Stephen Jay Gould para no tener que mezclar sus creencias con la verdad de la ciencia y evitarse así una más que probable esquizofrenia) y procede considerando la existencia de Dios como una hipótesis científica más para explicar lo aún no explicado, el origen del universo, pero una hipótesis altamente improbable y que crea más problemas de los que resuelve (al generar preguntas tales como ¿quién creó al creador y para qué?). Dawkins repasa los argumentos filosóficos procedentes del mundo medieval a favor de la existencia de Dios y los deja desnudos en su inutilidad y pretenciosidad. Hace, por ejemplo, que nos llevemos las manos a la cabeza cuando aprendemos que alguien como el famoso matemático francés del siglo XVII Pascal, en su famosa “apuesta”, pudiera afirmar que era mejor creer en Dios que no creer, porque en el primer caso, si existe te salvas y si no, no pasa nada, pero en el segundo caso si existe vas al infierno, destilando de esta manera toda la hipocresía que rodea invariablemente a la religión y su moral postiza.

 La maravillosa falta de respeto (de prejuicios) de Dawkins (que escribió este libro con el recuerdo reciente de los atentados de Londres de 2005 y que no tiene ninguna duda del efecto pernicioso que la religión puede tener sobre la mente de las personas) le lleva incluso a plantearse la cuestión de si el fenómeno religioso no será en realidad, un subproducto de algo evolutivamente útil para el ser humano, y atisba una respuesta a esa pregunta (que ya se han planteado algunos antropólogos) basada en el hecho de que todos nacemos con una predisposición genética a obedecer a los adultos y a creernos lo que nos dicen, porque eso aumentó las posibilidades de supervivencia de nuestros ancestros y por tanto sus posibilidades de reproducirse y de transmitir esa tendencia. Pensar de esta manera, analizando los fenómenos culturales humanos a la luz de la selección natural, es fascinante. Como dice Dawkins, el conocimiento y la comprensión de la Evolución ensancha la conciencia. Porque, ciertamente, la verdad nos fue revelada hace 150 años. Sólo hace falta sentido común para aceptarla.

domingo, 26 de junio de 2011

OLIVER SACKS: LA MENTE Y EL CEREBRO



El cerebro es todo un misterio. Investigarlo, desentrañar su funcionamiento es lo mismo que preguntarnos por nosotros mismos. Es responder a la desconcertante cuestión de qué es lo que somos. Se trata, más concretamente de averiguar qué hay detrás de características humanas como la inteligencia, el talento o la empatía, pero también de las que definen nuestro lado oscuro, como el egoísmo o la violencia. A estas cuestiones se ha tratado de responder históricamente a través de dos frentes que han estado demasiado tiempo separados: el enfoque fisiológico (es decir, el que busca explicar su funcionamiento orgánico y que nos ha permitido asociar con una precisión increíble áreas cerebrales con funciones cognitivas como las que interpretan la información que recibimos a través de nuestros sentidos, pero también con la memoria o las emociones, por ejemplo) y el enfoque psiquiátrico (o la búsqueda sistemática de explicación y solución a las alteraciones en el comportamiento de la mente). Pero, con el tiempo, investigadores de todo el planeta se han dado cuenta de que ambos enfoques son en realidad inseparables si se quiere profundizar de manera productiva en los misterios de la mente humana.

Uno de estos científicos ha sido el brillante neurólogo y psiquiatra inglés Oliver Sacks, autor de varios de los mejores libros de divulgación sobre este tema de los últimos años (uno de los cuáles, "Despertares", dio origen a una magnífica película protagonizada por Robin Williams y Robert de Niro en 1990) entre los que se encuentra el que es objeto de esta reseña, titulado “El hombre que confundió a su mujer con un sombrero” (título algo efectista pero que ayuda a situarnos en el increíble y desconcertante mundo que describe), en el que el doctor Sacks agrupa en cuatro partes (pérdidas, excesos, arrebatos y el mundo de los simples) la descripción de varios casos patológicos que fueron a parar a sus diversas consultas neurológicas en casas de acogida para pobres y en el Hospital del Estado en el Bronx, Nueva York, a lo largo de varios años, y que cualquier lector medianamente interesado va devorar con tal intensidad, que no sería extraño que acabara consumiendo sus 300 páginas de una sentada.

Cuando uno va comprendiendo, gracias a las explicaciones precisas y amenas del doctor Sacks, cuáles son los efectos que las enfermedades neurológicas pueden tener sobre las personas, no puede evitar sentir dos emociones aparentemente contradictorias entre sí: el horror y la fascinación. Porque es horrible saber de personas que son incapaces de reconocer las caras de la gente, ciegos para los rasgos que definen incluso a sus seres queridos (como es el caso del doctor P., el que da título al libro, incapaz de identificar, no ya a su esposa, sino a sí mismo en un espejo), pero también es fascinante aprender como estas personas son capaces a través de una facultad que está presente en nosotros cuando perdemos una de nuestras funciones (la que agudiza el oído de los ciegos o la capacidad de concentración de los sordos, por ejemplo) de compensar la pérdida, es decir, de adaptarse a las nuevas condiciones a las que su estado les somete, y así poder reconocer a la gente por características que a nosotros se nos escapan. Este efecto de compensación, presente en todos los casos de pérdida descritos en el libro, se ve muy bien en el titulado “La dama descarnada” (uno de los más desconcertantes dentro de una colección de historias tremendas), que describe el de una mujer joven y sana que un buen día dejó de tener el sentido de su propio cuerpo (es decir, perdió el sentido de la “propiocepción“), hasta el punto de ser incapaz de distinguirlo del resto de las cosas del mundo, y que pudo, no sin enormes dificultades, ir sustituyendo este sentido de lo propio (del que todos estamos dotados y que quizá sea una de las cosas más importantes que conforman nuestra identidad de la que menos conscientes seamos) por un control externo, gracias a la vista, de su propio cuerpo y sus movimientos, de tal forma que finalmente fue capaz de ser autónoma aunque siempre mirando como se movían sus brazos o sus piernas.
 
 


Pero quizá, donde el doctor Sacks alcance la mayor profundidad en sus reflexiones acerca de lo que constituye la esencia de la mente humana sea en esos casos de pérdidas de memoria tan graves (el llamado síndrome de Korsakov, una amnesia tan brutal que impide a las personas grabar recuerdos nuevos) que inciden en la propia identidad de la gente. Sacks se pregunta acerca de qué piensan de sí mismos las personas que sufren este mal, seres humanos que se aferran a una realidad coherente fabulando continuamente en una verborrea interminable para poder explicarse a si mismos dónde están, quiénes son y qué está pasando cada vez que transcurre el intervalo escaso de tiempo en que su memoria es capaz de registrar la realidad. Es cómo si hubiera algo detrás que tratara de no perder los papeles, una fuerza que impusiera la lógica por encima del marasmo sin sentido en que se ve sumida una mente con una enfermedad de esa magnitud.

En el libro encontramos casos aún más extraños y llamativos (entre los que se llevan la palma los de los llamados “sabios” o personas con discapacidades intelectuales capaces por otro lado de hazañas mentales a las que nadie podría ni siquiera acercarse) y nos dejamos llevar sin dificultad por el punto de vista del doctor Sacks que borda la genialidad en algunos capítulos (imprescindible el titulado “El discurso del Presidente”) y que deja traslucir tanto un agudísimo sentido de la observación como una ternura inmensa por todos y cada uno de sus pacientes (por eso confiesa en la introducción que “me interesan en el mismo grado las enfermedades y las personas“), seres humanos aquejados de males terribles, pero cuyos cerebros torturados han dado un impulso decisivo a la comprensión de la mente como un todo, a la unificación del objeto y el sujeto. Por eso “El hombre que confundió a su mujer con un sombrero” es un libro imprescindible para todo el que quiera saber algo más de sí mismo.

sábado, 7 de mayo de 2011

COMO COLONIZAR LAS ESTRELLAS: EL COMIENZO DEL VIAJE



La Tierra queda muy lejos de cualquier otro planeta situado fuera de nuestro sistema solar. Tanto que un hipotético viaje hacia uno de esos planetas a las velocidades que nuestros vehículos espaciales son capaces de desarrollar hoy por hoy sería prácticamente eterno. Sin embargo, nuestra capacidad de observación telescópica está desarrollada de tal manera, que hoy en día somos capaces de detectar a grandes distancias planetas de tamaño similar al nuestro, en una posición respecto a su estrella similar a la nuestra y (en el inmediato futuro, con el desarrollo de los sistemas de telescopios en el espacio que se están llevando a cabo tanto en Europa con la misión Darwin, como en EE.UU.) de composición atmosférica similar a la nuestra. Esto último nos va a permitir afirmar, en un plazo no mayor a unos pocos años, con un alto porcentaje de seguridad si esos planetas albergan o pueden albergar vida. Es decir, una de las cuestiones más importantes jamás planteadas por nuestra civilización, el hecho de saber si somos o no somos los únicos seres que vivimos en este universo extraño, oscuro y frío, (de tamaño inconcebible y lleno de hondos misterios cuya resolución parece íntimamente ligada al origen de nuestra propia naturaleza) está, mientras cada uno de nosotros vive su vida como si tal cosa, sin que se vea un ápice alterada por este acontecimiento (salvo la de unos pocos científicos profesionales que son conscientes de lo que está pasando y que están hablando de éste como el momento más excitante de la historia de la ciencia), está, digo, a punto de obtener una respuesta.

Y mientras tanto, algunos científicos (que se explican con total claridad en el extraordinariamente interesante documental “Como colonizar las estrellas” emitido por La 2 hoy, pero también disponible en Internet con una simple búsqueda, y que es el origen de esta entrada) ya se plantean cómo se podría enviar un vehículo a esas distancias. Es cierto que, como mencionaba antes, nuestra capacidad actual está muy lejos de poder hacer ese viaje en un tiempo razonable, pero no nuestros conocimientos físicos. Es decir, existen tecnologías no desarrolladas o en una fase temprana de desarrollo, capaces de conseguir velocidades inimaginables que llegarían a un fracción de la de la luz. Se trata del uso de combustibles tales como la fusión nuclear del isótopo helio 3 (del que se ha encontrado gran cantidad en la Luna, y cuya potencial extracción es uno de los motivos de la nueva carrera espacial que estamos viendo, en la que países como China han anunciado su intención de situar una tripulación en la superficie de nuestro satélite en unos años)  o la potente y peligrosa antimateria, pero también (y este es el sistema cuyo desarrollo está más avanzado) la llamada “vela solar”, es decir, el uso de un fenómeno físico conocido desde los tiempos del científico James C. Maxwell (finales del siglo XIX), según el cual, la simple luz solar (o la que proporcionara un láser de gran potencia que fuera enfocado hacia la dirección correcta) es capaz de mover un objeto físico, y si este objeto tuviera una superficie grande y fuera lo suficientemente ligero, podría alcanzar velocidades extraordinarias, debido a que la aceleración sería prácticamente infinita. Cualquiera de estos sistemas (que supondrían un inusitado esfuerzo económico y de ingeniería, y por tanto serían impensables sin una ejecución global) nos permitiría efectuar el viaje interestelar en cantidades de tiempo relativamente razonables (estaríamos hablando de algunas decenas de años), y, por supuesto, no estaríamos, por ahora, considerando el viaje tripulado.


Porque considerar ese viaje tripulado, además de los obstáculos tecnológicos que habría que superar (no sólo el hecho de que el vehículo tuviera que ser capaz de generar alimento, luz y calor de forma autosuficiente, sino, por ejemplo, ¿cómo se resolvería el problema de la ralentización del tiempo relativo que sufrirían los tripulantes de esa hipotética nave?) conllevaría el hecho insoslayable de que varias personas tendrían que dedicar su vida entera al viaje, pero también, quizá, la de sus descendientes. Resulta muy difícil concebir la manera de explicar a un hijo que su vida va a consistir en un viaje sólo de ida hacia lo prácticamente desconocido. En todo caso, el destino de este viaje tripulado con afán colonizador podría ser sólo de dos tipos: un planeta sin vida o un planeta habitado. Como afirman los científicos entrevistados en el documental, en ambos casos se plantean problemas, pero una cosa está clara: como se ha demostrado a lo largo de la historia, los seres humanos somos básicamente perniciosos para los habitantes de aquellos continentes que descubrimos. Por lo tanto, parece que lo razonable sería encaminar nuestros pasos a mundos inhabitados pero que fueran potenciales albergadores de vida (para poner allí en práctica la llamada terraformación, es decir, su transformación en un mundo vivo, técnica cuyas bases teóricas ya están formuladas), y dejar aquellos planetas que cuentan con su propia civilización en paz y con su propio destino (tal y como nos gustaría que razonaran los hipotéticos extraterrestres que detectaran la existencia de nuestro propio mundo). En todo caso, que haya personas planteándose este tipo de cuestiones es, por sí mismo, algo fascinante.

Este documental (que abarca más temas no menos interesantes, como la posibilidad del viaje a velocidades superiores a la de la luz, para la que hay base teórica o la sugerencia de que el avance de una civilización exige la existencia de nuevos retos en el horizonte) fue producido en 2009. Hace unos pocos meses, se supo que el telescopio Kepler había detectado varios planetas de tamaño similar a la Tierra orbitando en torno a sendas estrellas y además en la llamada zona habitable (aquella que permite la vida dadas las condiciones de temperatura, radiación, etc.). El viaje ya ha comenzado.

viernes, 7 de enero de 2011

LA TEORIA DEL CAOS: NUESTRO MUNDO SE ENSANCHA



Hoy vamos a adentrarnos en el maravilloso mundo de las Matemáticas (os aseguro que no me pasa nada: no he bebido ni tomado nada raro, estoy descansado y escribo en una habitación perfectamente ventilada y con luz natural). Y lo vamos a hacer hablando un poco de lo que se ha dado en llamar  la “Teoría del Caos”, de la mano de un muy interesante libro de divulgación científica escrito por el matemático Ian Stewart, ¿Juega Dios a los dados? (Drakontos bolsillo, 2007). El término “Teoría del Caos” es una etiqueta más mediática que otra cosa, porque de lo que estamos hablando aquí es no de una teoría, sino de un concepto que pertenece a la, esta vez sí, teoría matemática de la dinámica, es decir, el estudio de los sistemas en movimiento.

Lo realmente fascinante de este concepto matemático del caos, es que, como dice el autor en el prefacio a la nueva edición, constituye “una unificación de gran alcance de orden y desorden”. Antes de nada, hay que aclarar que el concepto caos desde el punto de vista matemático no equivale exactamente a desorden, sino que describe un conjunto de comportamientos (reales, que se dan en la naturaleza y que están a nuestro alrededor miremos a donde miremos: desde el típico ejemplo de la predicción del clima, hasta la gota de agua que cae de un grifo mal cerrado, o desde el funcionamiento de un ecosistema hasta la estructura de nuestras propias vísceras) que, aparentemente, no parecen seguir ninguna pauta definible, pero que, sin embargo, pueden ser estudiados matemáticamente, clasificados y explicados. Este caos, definido de esa forma, surge de la manera más sorprendente: está implícito en los ciclos más sencillos que puedan imaginarse. Para verlo podemos desarrollar el ejemplo de la gota de agua que cae del grifo mal cerrado. En este caso, si sólo está un poco mal cerrado, entonces habrá un goteo regular, será sencillo predecir el tiempo que transcurre entre gota y gota, y estaremos, por tanto, ante un sistema determinista. Pero basta con que abramos un poco más ese grifo, para que nos demos cuenta de que a la vez que una gota está a punto de caer, ya hay otra formándose en la boca del grifo, del tal forma que ambas gotas se influyen entre sí. Ahora tendremos un sistema caótico en el que la predicción del lapso de tiempo que pasa entre gota y gota no es determinista, sino increíblemente compleja, pero, y aquí entra la teoría, tampoco es producto del azar.

Pues bien, esta parte vanguardista de las Matemáticas ha ampliado estratosféricamente el mundo de lo que es comprensible, de tal forma que hoy en día conocemos perfectamente estructuras naturales cuyas formas, hasta hace poco tiempo, atribuíamos a lo que se llamaba “el capricho de la naturaleza”, y hace sospechar, que otros fenómenos, que hasta la fecha se han considerado producto de la indeterminación, como los que se dan en la mecánica cuántica (donde no es posible predecir al mismo tiempo la posición y velocidad de un electrón por la interferencia del observador, o donde, ese mismo electrón se comporta simultáneamente en determinadas condiciones como una onda y como una partícula, por ejemplo) podrían ser domesticados gracias a estas herramientas matemáticas.

Se trata, como digo, de un campo relativamente reciente de las Matemáticas (que empezó con la aportaciones de genios como el francés Poincaré, o el norteamericano E. Lorenz, acuñador del término "efecto mariposa"), y el hecho de que haya tenido un desarrollo tan enorme en los últimos años se debe al paralelo desarrollo que se ha dado en el mundo de la computación, porque no ha sido hasta que los científicos han dispuesto de ordenadores suficientemente potentes como para realizar los cálculos que requieren las representaciones gráficas de los modelos caóticos, que la teoría ha experimentado su boom.

El título del libro se refiere a una posibilidad que ponía muy nervioso a Einstein, y es que nuestro mundo no fuera más que el producto, en último término, del azar, lo que, para un científico, es algo así como asomarse al abismo. Las respuestas que la Teoría del Caos dan a esa pregunta son tranquilizadoras, si bien aún quedan muchos, vastísimos campos de conocimiento que domesticar para tranquilizarnos del todo.